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Para un chileno ¿vale la pena estudiar un postgrado?

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En la actualidad, los estudiantes de programas de magister, doctorado y postdoctorados son considerados por la opinión pública y la ciudadanía como las mentes más brillantes, mujeres y hombres que dedican gran parte de sus vidas a estudiar y por ello, son llamados a promover el desarrollo de Chile en todas las áreas del conocimiento humano. La pregunta es dónde.
Desde 1988 el Programa de Formación de Capital Humano Avanzado (PFCHA), administrado por la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica (CONICYT) entidad gubernamental dedicada a la administración de becas de postgrado, ha permitido a miles de compatriotas realizar estudios en las mejores universidades nacionales y extranjeras en diferentes áreas del conocimiento, a una tasa muchísimo mayor que las posibilidades de inserción existentes en Chile (universidades, centros de investigación públicos e industrias), evidenciando que el sistema pareciera no responder a ningún tipo de planificación mayor.
El problema se incrementó a partir de 2008, cuando recién ingresado a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), Chile comenzó a compararse con los países más desarrollados del mundo y con ello, presentar una desoladora imagen. El bajo grado de escolaridad promedio se convirtió en ese momento en una de las principales preocupaciones para el Estado: Chile estaba atrasado y necesitaba de magísteres, doctorados y postdoctorados capacitados para liderar el progreso en todas las áreas. En este contexto, con la expansión del número de becarios a nivel nacional y la creación de Becas Chile (en reemplazo de las becas Presidente de la República), se aumentó considerablemente la oferta para los profesionales que querían perfeccionarse en las mejores universidades del país y el extranjero.
Fue así como en el periodo comprendido entre 2006 y 2014 se asignaron más de 32.167 becas de magíster y doctorado en Chile y el extranjero (gráficos 1 y 2), evidenciando el enorme impulso que a partir de la coyuntura que implicó el 2008, el Estado puso en la formación del capital humano avanzado en la última década, mejorando considerablemente su imagen ante los compañeros OCDE.

Gráfico 1: Total de becas de Magister entregadas (2006-2014)

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Gráfico 2: Total de becas de Doctorado entregadas (2006-2014)

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Pero aunque el aumento de la oferta puede ser un motivo de orgullo para muchos, para aquellos becarios que dedicaron 3, 4 y 5 años en un programa de estudios de postgrado y que han comenzado a reaparecer en la escena chilena, la reinserción se está volviendo un problema mayúsculo. La gran mayoría es víctima de las consecuencias de vivir en un país dedicado a la exportación de materias primas, con escasa capacidad de creación, innovación, reinversión e investigación: en el Chile de hoy no todos tienen espacio para desarrollar su potencial y compartir sus conocimientos especializados con el resto de la población.
Según la Asociación Nacional de Investigadores en Postgrado (ANIP), si bien el aumentar el número de investigadores especializados tiene un buen fin, el problema surge como consecuencia de que ésta no fue una política pública pensada a mediano o largo plazo, que contemplara el retorno y reinserción de los becarios, que una vez finalizados sus estudios deben reintegrarse por necesidad a un saturado y esquivo mercado laboral.
A cambio de recibir el financiamiento de los programas de estudio, los becarios aceptan ciertas cláusulas destinadas a evitar la “fuga de cerebros”, exigiendo el retorno a más tardar un año después de concluir los estudios en el extranjero, quedarse en chile el doble del tiempo que pasaron fuera o trabajar un cierto número de años en entidades públicas de educación, obligaciones naturales si consideramos que las becas cubren arancel, matrículas, gastos de manutención y necesidades propias de la disciplina estudiada, cifras que exceden por mucho los 5 millones de pesos, dineros por lo demás de todos los chilenos.
El problema surge a la hora de reinsertarse, los becarios con su flamante título de Magister o Doctor no encuentran oportunidad de incorporarse por ejemplo en la academia, es decir, haciendo investigación y docencia en una universidad, ya que la mayor parte de la investigación en el país desde las ciencias sociales a las básicas, se hace en las pocas universidades existentes (sin cupos para absorberlos), situación diametralmente distinta a lo que ocurre en países europeos o en Estados Unidos, donde hay numerosas universidades, centros de investigación estatales, industrias tecnológicas, farmacéuticas, de biotecnología, de defensa, centros de análisis de datos, consultoras, etc., que se disputan a los especialistas con postgrado para que investiguen y contribuyan al crecimiento nacional en sus áreas.
Dejemos claros que los becarios Conicyt constituyen la generación mejor formada en la historia del país. Nunca antes tantos chilenos se habían perfeccionado y formado en centros educativos de prestigio para desarrollar, optimizar y enriquecer los conocimientos e investigación que son relevantes para el crecimiento de la ciudadanía y del país y, al mismo tiempo, nunca antes tantos compatriotas habían tenido la incertidumbre de no saber si tendrán o no la posibilidad real de retribuir al país con su trabajo, abriendo líneas de investigación relevantes, siendo miembros activos en la formación de estudiantes de pre y postgrado en Chile o contribuyendo a la optimización de los conocimientos útiles a la industria. A la hora de postular a algún concurso para insertarse, siempre existen condiciones desfavorables: pago a honorarios bajo la media del mercado laboral, sin previsión social y con el requerimiento de experiencia previa, situación ridícula si se considera que el becario en muchas ocasiones es joven o estuvo lejos del territorio nacional para llevar a cabo sus estudios.
De este modo podemos ver como la institucionalidad científica chilena está en crisis. Pareciera que el país no tiene idea de para qué está formando capital humano avanzado. El formar miles de postgraduados, se contradice con la prácticamente nula voluntad de creación de espacios de formación en Ciencia, Tecnología, Humanidades, Ciencias Sociales o Artes, lo que invita a pensar que únicamente se quiere invertir en la juventud sin una orientación clara más allá de entregar mejores indicadores a OCDE.
Es hora de debatir sobre el mal funcionamiento de la institucionalidad y el sistema de becas en Chile. Hay que comenzar a pensar en qué va a pasar con los miles de chilenos con estudios de postgrado que se incorporan al mercado laboral, parte del sistema que no se pensó ni diseñó más allá de escuálidas soluciones paliativas.

Pablo A. Guerrero Oñate

Investigador CECA

Mg. en Historia PUCV